FABRICIO SIMEONI, NUESTRO STEPHEN HAWKING

 

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Editorial Corregidor
(1998)

01-02-08 | | Marcelo Scalona || Sección Opinión


Diario La Capital de Rosario

El mundo podrá decir que no se compara. Que ni modo, diría Ramón Sampedro (Mar Adentro). Que comparar a Fabricio Simeoni con Stephen Hawking es la típica sanata soberbia de los argentinos. Porque Stephen Hawking tiene 280 puntos de coeficiente intelectual, porque es el Einstein de la segunda mitad del siglo XX, porque estando cuadripléjico, ha seguido adelante con sus descubrimientos sobre el Big Bang y los agujeros negros, ampliando la Teoría de la Relatividad.

En parte es cierto, pero Hawking nació en Inglaterra, hijo de un padre que ya era célebre Biólogo de Cambridge y vivió siempre en el corazón del imperio, entre Oxford y Harvard. No es un dato menor que recién contrajo la enfermedad de Lou Gherig a los veinte años, y lo que sí es seguro, que nunca hay que olvidar la sentencia magistral de Onetti: "Si Beethoven hubiera nacido en el Uruguay, a lo máximo que hubiera llegado, era, a dirigir la banda municipal de Tacuarembó".

Fabricio Simeoni nació en Rosario hace 32 años y contrajo una enfermedad parecida (atrofia espinal progresiva), pero al año y medio de vida. Su viejo era chofer de una empresa de servicios y en el 2000 se quedó sin laburo. Como Renato (el padre), ahora tiene un empleo de mil doscientos mangos al mes, el ANSES y la ley dicen, que Fabricio no tiene derecho a un subsidio, porque no es indigente. Tiene una silla de ruedas de caño, a tracción a sangre, aunque él sólo puede mover los ojos y la boca. Dicta sus poemas a cualquier amigo que quiera tipearle en una Pentium 133 que merecería ser tragada por uno de los agujeros negros de Stephen. Tampoco tiene un amigo millonario como Robin Williams que pueda pagarle esas terapias cubanas de millón y medio.

Al igual que Ramón Sampedro (Mar Adentro), Fabricio sólo tiene el lenguaje literario, ese don de extrañeza que lo convierte en un gatocordero (definición del escritor, según Kafka), esa clase de bichos que uno no sabe si acariciar o ahogarlo antes que abran los ojos.

Fabricio tiene 280 puntos de coeficiente vital y sensible. Es una de las personas más alegres, lucidas y agudas que conocemos los poetas y periodistas de Rosario. Para nosotros es una musa, un hálito inquieto y provocador, un Miles Davis rubio, una versión masculina y beatnik de la Pizarnik. Tiene 280 puntos de surrealismo y ganas de vivir. Hizo su carrera completa de Periodismo, tiene 5 libros de poesía publicados, colaboraciones en toda clase de revistas especializadas y conciertos líricos. Ha coordinado talleres literarios en el Centro Cultural Fisherton y basta conversar con él dos minutos, para empezar a darle la vuelta a ese viejo interrogante acerca de quién es quién en las discapacidades.

Por ejemplo, en Rosario no existen remises para discapacitados que deban movilizarse con su silla de ruedas. El utilitario del padre (bastante derrengado ya) no puede gozar de una exención de patente automotor, y el trámite de importación de autos para discapacitados se ha vuelto diabólico desde el día que descubrimos que la diva tenía un Mercedes Benz oculto bajo los fardos de alfalfa de los caballos de polo.

Siempre hay gente que prefiere ver en películas cómo los discapacitados pueden escribir con el pie o se suicidan con todo derecho. Siempre es más fácil dar un discurso que compartir el sándwich. Fabricio le lleva una vida de dicha y de poesía a Ramón Sampedro, y considerando que nació en esta parte del mundo, no está nada lejos de los méritos de Hawking. Tendrían que conocerlo personalmente para reconocer que no hay diferencia entre el milagro de un verso bien escrito y el Big Bang con el que comenzó el mundo.

Hoy, a las 19 hs., para muchos será la oportunidad de conocerlo en un acto público y gratuito: el Concejo Deliberante lo premiará como Artista Distinguido de Rosario y los fundamentos que convencieron a los ediles, no fueron, ni la compasión ni el halago fácil. Se le otorga por un examen riguroso de su obra, por la calidad de sus poemas y por la tenacidad infinita que hay que tener en este lugar del mundo para ser un gatocordero. Porque la silla de ruedas es lo de menos: en el "mar adentro", las olas nos pegan a todos en la misma costilla.

 


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