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El
mundo podrá decir que no se compara. Que ni modo, diría Ramón Sampedro
(Mar Adentro). Que comparar a Fabricio Simeoni con Stephen Hawking
es la típica sanata soberbia de los argentinos. Porque Stephen Hawking
tiene 280 puntos de coeficiente intelectual, porque es el Einstein
de la segunda mitad del siglo XX, porque estando cuadripléjico, ha
seguido adelante con sus descubrimientos sobre el Big Bang y los agujeros
negros, ampliando la Teoría de la Relatividad.
En
parte es cierto, pero Hawking nació en Inglaterra, hijo de un padre
que ya era célebre Biólogo de Cambridge y vivió siempre en el corazón
del imperio, entre Oxford y Harvard. No es un dato menor que recién
contrajo la enfermedad de Lou Gherig a los veinte años, y lo que sí
es seguro, que nunca hay que olvidar la sentencia magistral de Onetti:
"Si Beethoven hubiera nacido en el Uruguay, a lo máximo que hubiera
llegado, era, a dirigir la banda municipal de Tacuarembó".
Fabricio Simeoni nació en Rosario hace 32 años y contrajo una enfermedad
parecida (atrofia espinal progresiva), pero al año y medio de vida.
Su viejo era chofer de una empresa de servicios y en el 2000 se quedó
sin laburo. Como Renato (el padre), ahora tiene un empleo de mil doscientos
mangos al mes, el ANSES y la ley dicen, que Fabricio no tiene derecho
a un subsidio, porque no es indigente. Tiene una silla de ruedas de
caño, a tracción a sangre, aunque él sólo puede mover los ojos y la
boca. Dicta sus poemas a cualquier amigo que quiera tipearle en una
Pentium 133 que merecería ser tragada por uno de los agujeros negros
de Stephen. Tampoco tiene un amigo millonario como Robin Williams
que pueda pagarle esas terapias cubanas de millón y medio.
Al igual que Ramón Sampedro (Mar Adentro), Fabricio sólo tiene el
lenguaje literario, ese don de extrañeza que lo convierte en un gatocordero
(definición del escritor, según Kafka), esa clase de bichos que uno
no sabe si acariciar o ahogarlo antes que abran los ojos.
Fabricio tiene 280 puntos de coeficiente vital y sensible. Es una
de las personas más alegres, lucidas y agudas que conocemos los poetas
y periodistas de Rosario. Para nosotros es una musa, un hálito inquieto
y provocador, un Miles Davis rubio, una versión masculina y beatnik
de la Pizarnik. Tiene 280 puntos de surrealismo y ganas de vivir.
Hizo su carrera completa de Periodismo, tiene 5 libros de poesía publicados,
colaboraciones en toda clase de revistas especializadas y conciertos
líricos. Ha coordinado talleres literarios en el Centro Cultural Fisherton
y basta conversar con él dos minutos, para empezar a darle la vuelta
a ese viejo interrogante acerca de quién es quién en las discapacidades.
Por ejemplo, en Rosario no existen remises para discapacitados que
deban movilizarse con su silla de ruedas. El utilitario del padre
(bastante derrengado ya) no puede gozar de una exención de patente
automotor, y el trámite de importación de autos para discapacitados
se ha vuelto diabólico desde el día que descubrimos que la diva tenía
un Mercedes Benz oculto bajo los fardos de alfalfa de los caballos
de polo.
Siempre hay gente que prefiere ver en películas cómo los discapacitados
pueden escribir con el pie o se suicidan con todo derecho. Siempre
es más fácil dar un discurso que compartir el sándwich. Fabricio le
lleva una vida de dicha y de poesía a Ramón Sampedro, y considerando
que nació en esta parte del mundo, no está nada lejos de los méritos
de Hawking. Tendrían que conocerlo personalmente para reconocer que
no hay diferencia entre el milagro de un verso bien escrito y el Big
Bang con el que comenzó el mundo.
Hoy, a las 19 hs., para muchos será la oportunidad de conocerlo en
un acto público y gratuito: el Concejo Deliberante lo premiará como
Artista Distinguido de Rosario y los fundamentos que convencieron
a los ediles, no fueron, ni la compasión ni el halago fácil. Se le
otorga por un examen riguroso de su obra, por la calidad de sus poemas
y por la tenacidad infinita que hay que tener en este lugar del mundo
para ser un gatocordero. Porque la silla de ruedas es lo de
menos: en el "mar adentro", las olas nos pegan a todos en la misma
costilla.
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