NARANJO, EN FLOR

 

Publicaciones

 


Editorial Corregidor
(1998)

06-10-2005 || Por Marcelo Scalona || Sección Opinión


Diario La Capital de Rosario

Hacía rato que Rubén Naranjo había alcanzado ese umbral infinito del poema de Homero Expósito: “primero hay que saber sufrir, después amar, después partir y al fin andar sin pensamiento...”. Solo un hombre que alcanza, en vida y en vocación, ese grado de entrega, podía ser capaz de seguir militando, incansable y de a pie, con una mochila de oxigeno, a los 75 años, sin amedrentarse por ninguna de las vicisitudes cotidianas de la Biblioteca Pocho Lepratti o la casa “Chicos”, ni los cuatro pisos de rampa para subir hasta la Asamblea de La Vigil. Rubén fue de esos prohombres que saben que el enemigo no es la lluvia sino la intemperie, y el acabamiento es la injusticia, no la muerte.

Rubén Naranjo era del modelo antropológico griego: el hombre múltiple, el ser totalizador: padre de familia, artista, filósofo, educador, militante social, gremial, político, editor, difusor y activista. Como el hombre original de la polis, cumplía todos esos roles con eficiencia y dignidad. Es probable, como dice Castoriadis, que hoy sea, lamentablemente, un modelo extinto o especies que desaparecen. En este mundo de las especialidades, con suerte podemos encontrar dirigentes que hagan una sola cosa con eficacia y dignidad, aunque lo que abunda, son dirigentes eficaces para la indignidad o dignos de ineficacia, o ambas cosas.

En el caso de Rubén Naranjo, llegó a tal grado de autenticidad y entrega, que siendo un enorme artista plástico, no dudó en achicar el atelier para agrandar la cobija: hasta los cuadros tienen que arder si se necesita lumbre para escribir un plan de lucha o fuego para cocinar la olla popular. En su itinerario vital, es evidente que todo se lo llevó la militancia, y aún el arte, actividad excelsa del hombre, le resultó un lujo, si no lo podía traducir en un servicio frente al hambre o el analfabetismo.

Y ahí están sus modelos, en eso estaba trabajando ahora: dos prohombres que cumplirían el siglo este 2005, Antonio Berni y Raúl González Tuñón, los padres de los dos Juancitos argentinos, Laguna y Caminador. Rubén Juan Naranjo, también se llamaba Juan: jamás hubiera pintado algo agradable sólo para decorar un ambiente y tampoco escribiría algo retórico solo para distraerse o mostrar pedante erudición. Lo bello (plástico-escrito) siempre debía expandir la conciencia de los hombres, extender los interrogantes y mejorar las respuestas. No hay bello en la mentira o la maldad. Esos eran los modelos de Rubén Naranjo, y nos quedó muy claro a todos aquellos que nos criamos en La Vigil, y pese a que esa hazaña inolvidable de una obra social y cultural en un barrio proletario, fue merced al trabajo de muchos dirigentes laboriosos y capaces, la impronta educativa y artística de La Vigil, especialmente, se debió a la visión y la inteligencia de Rubén Naranjo. Había equipo, claro, pero también individualidades. ¡Qué jugador...! –dirían hoy los pibes.

Por citar una sola anécdota que me contó Gary Vila Ortíz, en la editorial de Vigil, junto a Jorge Riestra o Raúl Gustavo Aguirre, no solo fueron los primeros en editar la poesía completa de Juanele o al novato Saer, sino también a poetas jóvenes de la ciudad (Gary, Sevlever, Garramuño), y lo más increíble, es que Rubén, no solo les dejaba dirigir su propia edición sino que les pagaba (en dinero) los derechos de los libros.

Cuando uno repasa el currículum de Naranjo, puede sentir cierta incredulidad, dudar acerca de si es posible que un hombre pueda hacer tanto en una sola vida. Quizá el modelo individualista, cada vez más aislado o mezquino, no entienda qué es un hombre griego. De eso se trata (¿trataba?) la vida de un militante de la vida: multiplicarse, como héroe silencioso y cotidiano en todos los lugares donde hubiera una necesidad, un deseo, un reclamo.

Después había que ver la humildad en que vivía, la actitud espartana del modelo griego: atelier, estudio, archivo, en un monoambiente decorado con la evolución plástica de sus chicos de la calle. Las veces que tuve el privilegio de reunirme a solas con él por trabajo, lo vi aplicar conmigo, escrupulosamente, la estrategia del maestro que sirve al discípulo, y cuando recuerdo la eminencia y sobriedad de los gestos, el enorme respeto, la delicadeza con que echaba luz y advertía trampas y verdades, después de la lógica vergüenza inicial que producía el contacto con su grandeza, a uno le quedaba la lección perenne, sosegada, transparente, de una verdad sin dobleces ni demoras.

Y después... –sigue diciendo el tango que lleva su nombre- ¿qué importa del después...?” Si apenas ha muerto la flor del Naranjo, cuando comienza la larga vida de sus frutos.

 


La Vigil desaparecida


Prometeo devuelve el fuego


Entrevista al escritor Jorge Riestra


Homenaje a Rubén Naranjo


Nuestro Stephen Hawking