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Hacía
rato que Rubén Naranjo había alcanzado ese umbral infinito del poema
de Homero Expósito: “primero hay que saber sufrir, después amar, después
partir y al fin andar sin pensamiento...”. Solo un hombre que alcanza,
en vida y en vocación, ese grado de entrega, podía ser capaz de seguir
militando, incansable y de a pie, con una mochila de oxigeno, a los
75 años, sin amedrentarse por ninguna de las vicisitudes cotidianas
de la Biblioteca Pocho Lepratti o la casa “Chicos”, ni los cuatro
pisos de rampa para subir hasta la Asamblea de La Vigil. Rubén fue
de esos prohombres que saben que el enemigo no es la lluvia sino la
intemperie, y el acabamiento es la injusticia, no la muerte.
Rubén
Naranjo era del modelo antropológico griego: el hombre múltiple, el
ser totalizador: padre de familia, artista, filósofo, educador, militante
social, gremial, político, editor, difusor y activista. Como el hombre
original de la polis, cumplía todos esos roles con eficiencia y dignidad.
Es probable, como dice Castoriadis, que hoy sea, lamentablemente,
un modelo extinto o especies que desaparecen. En este mundo de las
especialidades, con suerte podemos encontrar dirigentes que hagan
una sola cosa con eficacia y dignidad, aunque lo que abunda, son dirigentes
eficaces para la indignidad o dignos de ineficacia, o ambas cosas.
En
el caso de Rubén Naranjo, llegó a tal grado de autenticidad y entrega,
que siendo un enorme artista plástico, no dudó en achicar el atelier
para agrandar la cobija: hasta los cuadros tienen que arder si se
necesita lumbre para escribir un plan de lucha o fuego para cocinar
la olla popular. En su itinerario vital, es evidente que todo se lo
llevó la militancia, y aún el arte, actividad excelsa del hombre,
le resultó un lujo, si no lo podía traducir en un servicio frente
al hambre o el analfabetismo.
Y
ahí están sus modelos, en eso estaba trabajando ahora: dos prohombres
que cumplirían el siglo este 2005, Antonio Berni y Raúl González Tuñón,
los padres de los dos Juancitos argentinos, Laguna y Caminador. Rubén
Juan Naranjo, también se llamaba Juan: jamás hubiera pintado algo
agradable sólo para decorar un ambiente y tampoco escribiría algo
retórico solo para distraerse o mostrar pedante erudición. Lo bello
(plástico-escrito) siempre debía expandir la conciencia de los hombres,
extender los interrogantes y mejorar las respuestas. No hay bello
en la mentira o la maldad. Esos eran los modelos de Rubén Naranjo,
y nos quedó muy claro a todos aquellos que nos criamos en La Vigil,
y pese a que esa hazaña inolvidable de una obra social y cultural
en un barrio proletario, fue merced al trabajo de muchos dirigentes
laboriosos y capaces, la impronta educativa y artística de La Vigil,
especialmente, se debió a la visión y la inteligencia de Rubén Naranjo.
Había equipo, claro, pero también individualidades. ¡Qué jugador...!
–dirían hoy los pibes.
Por citar una sola anécdota que me contó Gary Vila Ortíz, en la editorial
de Vigil, junto a Jorge Riestra o Raúl Gustavo Aguirre, no solo fueron
los primeros en editar la poesía completa de Juanele o al novato Saer,
sino también a poetas jóvenes de la ciudad (Gary, Sevlever, Garramuño),
y lo más increíble, es que Rubén, no solo les dejaba dirigir su propia
edición sino que les pagaba (en dinero) los derechos de los libros.
Cuando uno repasa el currículum de Naranjo, puede sentir cierta incredulidad,
dudar acerca de si es posible que un hombre pueda hacer tanto en una
sola vida. Quizá el modelo individualista, cada vez más aislado o
mezquino, no entienda qué es un hombre griego. De eso se trata (¿trataba?)
la vida de un militante de la vida: multiplicarse, como héroe silencioso
y cotidiano en todos los lugares donde hubiera una necesidad, un deseo,
un reclamo.
Después había que ver la humildad en que vivía, la actitud espartana
del modelo griego: atelier, estudio, archivo, en un monoambiente decorado
con la evolución plástica de sus chicos de la calle. Las veces que
tuve el privilegio de reunirme a solas con él por trabajo, lo vi aplicar
conmigo, escrupulosamente, la estrategia del maestro que sirve al
discípulo, y cuando recuerdo la eminencia y sobriedad de los gestos,
el enorme respeto, la delicadeza con que echaba luz y advertía trampas
y verdades, después de la lógica vergüenza inicial que producía el
contacto con su grandeza, a uno le quedaba la lección perenne, sosegada,
transparente, de una verdad sin dobleces ni demoras.
“Y después... –sigue diciendo el tango que lleva su nombre-
¿qué importa del después...?” Si apenas ha muerto la flor del
Naranjo, cuando comienza la larga vida de sus frutos.
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