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También podríamos titular esta nota:
“Robin Hood se arrepiente y devuelve todo a los ricos”. “Bonnie and
Clyde ofrecen disculpas a los bancos y piden ser recordados como Bárbara
y Dick”. “El Che Guevara, antes de morir en La Higuera, pidió ser
compañero de fórmula de Federico Pinedo”.
Para mi pobre corazón mortal y de hincha traicionado, pibe de barrio,
cualquiera de esos disparates que encabezan esta nota no son menos
agraviantes que la nueva gambeta neurolingüística del mejor jugador
de fútbol de todos los tiempos.
Maradona acaba de pedir disculpas a los ingleses, en un reportaje
a The Sun, por aquel gol con la mano el 22 de junio de 1986, en México,
merced al cual llegamos a la final que nos daría el campeonato. ¿Qué
mano…? ¿Qué disculpa…? ¿No era la mano de Dios, Diego…? ¿Qué sigue
ahora, Diego… Dios pidiéndole perdón al faraón por las plagas de Egipto
y vos dirigiendo al Chelsea y después a la selección inglesa y después
atendiendo la ferretería de Grondona…?
¿Qué hago, Diego, con uno de los días más felices de mi vida? El 22
de junio del 86 es uno de los días más felices de mi vida, el instante
en que llevaba en vilo a mi hijito por el Monumento a la Bandera gritando
eufóricos que Diego nos había vengado. Yo casi voy a Malvinas, Diego…
a un amigo de Las Parejas, el padre quiso salvarlo de la colimba y
consiguió desviarlo a un batallón perdido en Entre Ríos, que por burla
del destino fue completo arriba del crucero General Belgrano. Por
eso, aquel 22 de junio sentimos que el gol más memorable de los dos
fue el que hiciste con la mano, con la mano de Dios. Porque el que
le roba a un ladrón, Diego, tiene cien años de perdón... ¿Nunca escuchaste
eso en Fiorito...?
¡Ay Diego, Diego…! No me gusta nada el Maradona correcto. El Maradona
verborrágico, el Maradona reporteado por contratos. Y no soy anglofóbico.
Y no alcanzaría toda esta página para nombrar a los ingleses que admiro,
desde Shakespeare, Hobbes y Lady Di, hasta Doris Lessing, Virginia
Woolf, Los Beatles y el mismísimo Wayne Rooney. Beckham no, por supuesto.
Y
tampoco soy patriotero, siempre fui de aquellos que pensaban que esa
armada Brancaleone a Malvinas era un salvavidas de plomo de la dictadura
en retirada. Dos días antes, ya había muertos por la tele en Plaza
de Mayo y cuando Galtieri supo que no quedaban más bebidas en el salón,
dijo: “Tomemos las Malvinas". Así nos fue, con la ayuda de los amigos
del Plan Cóndor (Pinochet), el resto de los “estados, unidos” a Inglaterra
y algunos bravos lagartos oficiales nuestros que ya habían demostrado
coraje venciendo a monjas francesas o curas irlandeses, en combates
cuerpo a cuerpo.
Sin embargo, el Ejército Argentino dejó un montón de héroes auténticos
en esa guerra absurda. Algunos oficiales y muchos soldaditos dieron
la vida por un ideal de justicia, la utopía de que esas islas volvieran
a su dueño. Veinticinco años después, los ingleses no les permiten
a sus familiares ni siquiera ir a ponerles una flor en la tumba. Y
Diego les pide disculpas por haber tocado una pelota con la mano.
Y claro, es tapa de los diarios ingleses, porque Dios no se disculpa
todos los días… Y Diego va a dirigir al Manchester y saldrá con una
de las Spice Girls…
Los que tenemos el oficio de la escritura sabemos lo que significan
los simulacros, los símbolos, las sublimaciones, la representación.
Por eso es preferible hablar de fútbol que de guerras. Y con todo,
es un alivio que dirimamos viejos odios mediante un juego de pelota
y sponsors de golosinas. Prefiero que Diego acabe pareciéndose a Beckham
y no aquel identikit del canciller Costa Méndez, como un remedo patético
de Churchill.
El fútbol, como la literatura, es un hermoso simulacro, un engaño,
una ficción. Un juego de embauque, como el amor, el póquer y mañana
te llamo... De esos juegos o ilusiones que nos permiten aliviar el
peso de tanta realidad, muchas veces fatal, como el dominio despótico
de un imperio. Es más, las ficciones (las buenas) nos permiten a través
de ese juego aspirar a cambiar las tiranías, las desigualdades. Hay
un claro paralelo de fútbol y literatura y por eso hay tan buena literatura
a partir del fútbol. Y no reivindico la literatura como espacio de
alienación, artificial, donde uno se entretiene para no pensar. Curiosamente,
la literatura inglesa ha tenido una tradición fantástica en el mejor
sentido, de contar una anécdota para pensar simbólicamente los grandes
problemas del ser humano.
Por eso, el gol casi sobrenatural (con la mano; el otro, directamente
fue divino) de Diego aquella tarde se asimila a Prometeo robándoles
el fuego a los dioses. Que además, dice la mitología griega, en el
arrebato, les quitó a los dioses el don de la escritura. El fuego
y el don de contarlo. Por eso, aquel gesto del gol con la mano, al
que sólo un simplón literal llamaría trampa, es metáfora de justicia,
de libertad, de ideal: el pequeño súbdito quitándole algo al tirano.
El magnicidio es un acto de justicia, o como dicen los muchachos del
tablón: por fin un tiro para el lado de la justicia.
Como el pequeño David venciendo con una gomera al gigante Goliat.
Y no me imagino a David pidiéndole disculpas a Goliat porque la gomera
no estaba autorizada en el reglamento.
Tampoco puedo recordar que los ingleses nos pidieran disculpas por
usurpar las Malvinas, ni por hundir al Belgrano fuera de la zona de
combate. No recuerdo que nos pidieran disculpas por las tasas de la
Baring Brothers ni por los negociados de los frigoríficos que mataron
de tristeza a Lisandro De La Torre y a Bordabehere de un balazo. No
recuerdo que nos hayan pedido disculpas por aquel arbitraje ominoso
del alemán Kreitlein, en Wembley, en el 66, donde Rattín, avivado
del tongo, se agarró la pelvis ante la reina y nos ganamos el mote
de animales, salvajes, bárbaros… Claro, para el imperio es mucho más
ominoso tocarse los genitales en Londres que hundir un barco africano
(¿no viven allí los aryentains…?) fuera de la zona de combate.
Si Prometeo devuelve el fuego y la escritura, ya no habrá más literatura.
Ni novelas, cuentos, ni diarios. Algo de eso hay en el mundo que viene,
pero mientras tanto, Diego… ¿qué le digo a mi pibe ahora, que ya es
casi un adulto? ¿Le digo que la alegría de aquel día no vale, que
el gol se anula, que la dignidad va y viene, que los ingleses serían
campeones morales...? No, Diego, prefiero decirle o decirte, juntos:
¡volvé, te perdonamos!
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Prometeo
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